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Mira un anuncio corto y te decimos cuántas acertaste, con lo que dice el Catecismo en cada una.
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La explicación en palabras sencillas y la oración de cierre, leídas en voz alta.
¿Qué pasa después de la muerte? Es una pregunta que casi todos nos hacemos alguna vez, sobre todo cuando muere alguien que queremos. El Catecismo responde hablando del juicio particular, del cielo, del purgatorio, de la condenación y de la resurrección.
Es la tercera lección del módulo 5 y la última del curso básico de catecismo. Aquí leerás lo que el Catecismo dice de cada una, con su número.

Al final repasas con unas tarjetas, respondes tres preguntas y rezas por los que ya partieron.
Lectura de 6 minutos
📋 Lo que vas a encontrar aquí
- Lo que dice el Catecismo
- En palabras sencillas
- Para tu vida
- Oración de cierre
- Fuentes de esta lección
- Terminaste el curso
Lo que dice el Catecismo
Estos cuatro números del Catecismo van completos, tal como los publica el Vaticano.
Sobre el juicio particular, el número 1022:
Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación (cf. Concilio de Lyon II: DS 856; Concilio de Florencia: DS 1304; Concilio de Trento: DS 1820),
bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo (cf. Concilio de Lyon II: DS 857; Juan XXII: DS 991; Benedicto XII: DS 1000-1001; Concilio de Florencia: DS 1305),
bien para condenarse inmediatamente para siempre (cf. Concilio de Lyon II: DS 858; Benedicto XII: DS 1002; Concilio de Florencia: DS 1306).
«A la tarde te examinarán en el amor» (San Juan de la Cruz, Avisos y sentencias, 57). (CIC, n. 1022)
Sobre el purgatorio, el número 1031:
La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados.
La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia (cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS 1820; 1580). La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura (por ejemplo 1 Co 3, 15; 1 P 1, 7) habla de un fuego purificador:
«Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquel que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31).
En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San Gregorio Magno, Dialogi 4, 41, 3). (CIC, n. 1031)
Sobre el infierno, el número 1033:
Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: "Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él" (1 Jn 3, 14-15).
Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de Él si omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46).
Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra "infierno". (CIC, n. 1033)
Sobre la misericordia de Dios, el número 1037:
Dios no predestina a nadie a ir al infierno (cf DS 397; 1567); para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final. En la liturgia eucarística y en las plegarias diarias de los fieles, la Iglesia implora la misericordia de Dios, que "quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión" (2 P 3, 9):
«Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos (Plegaria eucarística I o Canon Romano, 88: Misal Romano) (CIC, n. 1037)
En palabras sencillas
Empecemos por el juicio. Según el número 1022, cada persona, después de morir, recibe su «retribución eterna» en un «juicio particular» que «refiere su vida a Cristo». Retribución quiere decir lo que le corresponde a cada uno; particular, que es el juicio de cada persona.
El mismo número nombra tres salidas: una purificación, la entrada inmediata en el cielo o la condenación para siempre. Y cierra con una frase de san Juan de la Cruz: «A la tarde te examinarán en el amor».
El cielo, según la tarjeta del número 1024, es la «comunión de vida y de amor» con la Santísima Trinidad, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados, «el estado supremo y definitivo de dicha». Dicha quiere decir felicidad.
La Iglesia llama purgatorio a la purificación de los que mueren «en la gracia y en la amistad de Dios», pero «imperfectamente purificados» (n. 1030). Están «seguros de su eterna salvación», y el número 1031 dice que esa purificación es «completamente distinta del castigo de los condenados». Purificar quiere decir limpiar del todo.
Sobre el infierno, el número 1033 empieza por el amor: no podemos estar unidos con Dios «salvo que elijamos libremente amarle». Morir en pecado mortal sin arrepentirse ni acoger su amor misericordioso significa quedar separados de Él «por nuestra propia y libre elección».
A ese estado de «autoexclusión definitiva» el Catecismo lo llama infierno. Autoexclusión quiere decir que es uno mismo quien se queda fuera.
El número 1037 añade dos cosas: «Dios no predestina a nadie a ir al infierno», y la Iglesia, en la misa y en las oraciones de cada día, implora la misericordia de Dios, que «quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión».
Y la resurrección. La tarjeta del número 1016 lo resume: con la muerte, el alma se separa del cuerpo, y en la resurrección Dios devolverá la vida incorruptible a nuestro cuerpo transformado. Incorruptible quiere decir que ya no se desgasta ni muere. «Así como Cristo ha resucitado y vive para siempre, todos nosotros resucitaremos en el último día».
La Iglesia también reza por los difuntos. La tarjeta del número 958 dice: «Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor».
Lección 3 de 3 · Módulo 5
Tarjetas y preguntas
5 tarjetas con lo que dice el Catecismo y 3 preguntas. Cargando la lección…
Para tu vida
Un gesto para esta semana: escribe en un papel los nombres de tus difuntos y guárdalo junto a una imagen que tengas en casa.
Cada día, lee uno de esos nombres y reza por esa persona la oración de cierre de esta lección.
Oración de cierre
Termina la lección, y el curso, con la oración que el Compendio llama «El eterno reposo»:
Dale Señor el descanso eterno. Brille para él la luz perpetua. Descanse en paz. Amén
Si rezas por una mujer, di «para ella». Si rezas por varias personas, di «Dales Señor el descanso eterno», «Brille para ellos la luz perpetua» y «Descansen en paz».
Fuentes de esta lección
Texto: Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, Apéndice, «Oraciones comunes», en https://www.vatican.va/archive/compendium_ccc/documents/archive_2005_compendium-ccc_sp.html (consultado el 20 de octubre de 2026).
Terminaste el curso
Con esta lección terminas el curso básico de catecismo: cinco módulos y quince lecciones, de los sacramentos a la vida eterna. Gracias por llegar hasta aquí.
Si te quedó alguna lección pendiente, o quieres repasar, el índice del curso está en los enlaces de abajo. Y si quieres seguir aprendiendo, pregunta en tu comunidad por la catequesis de adultos.
Este curso es de formación y divulgación a partir del Catecismo de la Iglesia Católica, y no sustituye la catequesis de tu comunidad, la enseñanza de la Iglesia ni la atención psicológica o profesional en un duelo. No nos responsabilizamos por las decisiones que se tomen a partir de estas páginas.
Para seguir aprendiendo 👇
El curso de catecismo completo, módulo por módulo ›
Todos los Santos: por qué la Iglesia los celebra ›
